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Rosquilla de palo

Si hay un olor que me recuerda a la infancia es el de la Rosquilla de palo recién salida del horno. No he reconocido este aroma en ningún otro lugar, y no son pocos los obradores de panadería y repostería que he visitado ni tampoco las pastelerías en las que he estado, pero, os puedo asegurar que en ningún otro sitio he vuelto a percibir esa fragancia.

Son sensaciones únicas, tal vez, el aguardiente que lleva en su composición provoca esa diferencia con todos los demás artículos de repostería. Y es que a día de hoy cuando cocemos rosquillas el olor inunda la panadería y no puedo evitar recordar a mi abuela Elvira formandolas a mano y colocándolas sobre latas viejas. Después las untaba de huevo, las metía en el horno de leña y aquí comenzaba la magia… Alquimia pura; huevo, harina, azúcar, manteca de cerdo y aguardiente se transformaban en una auténtica delicia.

La rosquilla de palo me recuerda sin duda al carácter castellano; duro, seco en presencia y no del agrado de todos. Pero, aquél que llega a su esencia y sabe entender su naturaleza no logrará olvidarse jamás.

Es un producto refinado, para disfrutar en pequeñas dosis sintiendo cada mordisco, cada pedazo. Es para comer con calma, sin prisas, con un buen orujo, tal vez. Es por eso que en una sobremesa con buena compañía y buena conversación no deberían faltar unas rosquillas de palo que amenicen la tertulia y acompañen a los espirituosos.

Si lo tuyo son las cremas, chocolates, rellenos y elaboraciones de escaparate, huye de esta huella del pasado que no debemos olvidar y que resiste el paso del tiempo mirando indemne como la vanguardia va y viene y ella permanece inmutable.

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